inicio / formacion / creatividad / estimulador / M 06 01 2009


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La parada de autobús
El monje tibetano
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El caso




Este caso transcurre en el Tibet, en uno de esos hermosos valles rodeados de altas montañas que sin embargo parecen tan cercanas gracias a la increible transparencia del aire.
Había en el fondo del valle un pequeño monasterio budista donde los monjes se dedicaban a la meditación y la oración.

Uno de ellos, el Venerable Gueshe Rimpoche, llevaba unos días inquieto, por lo que decidió, para relajarse y quitarse el estrés, subir a una ermita que se encontraba en lo alto de una de las montañas que cerraban el valle por el sur, donde, en la soledad del paisaje, creía poder encontrar la serenidad perdida.

Así pues, a la mañana siguiente, cuando aun era temprano, Rimpoche emprendió el ascenso de la montaña. El estrecho sendero, de no más de un metro de ancho, ascendía en intrincado zig-zag a través primero de un fresco bosque de abetos y castaños, para en la parte más alta ir sustituyéndose por una cada vez más rala vegetación de arbustos espinosos. Varios riachuelos, con abundante agua aun en esa época del año, dejaban oir el rumor de su caída en pequeños saltos entre rocas, aquí y allá.

Al atardecer, después de haberse detenido a descansar en un par de ocasiones, y haberse comido parte del queso de Yak y el pan de centeno que llevaba consigo, Rimpoche llegó por fin a la ermita. La vista allí era verdarderamente impresionante. El sol pintaba de retazos violeta las cumbres nevadas de los pico más alejados, mientras que en el valle una ligera niebla ascendía del fondo confundiendo las distancias.

Dos días estuvo el monje en la ermita, ayunando y meditando. En la madrugada del cuarto día, con la mente tranquila y el cuerpo ligero, Gueshe Rimpoche inició su viaje de regreso, por el mismo camino que le había llevado a la ermita. El sol empezó a calentar cuando ya llevaba casi dos horas de recorrido así es que agradeció encontrarse poco más adelante con la sombra que le empezó a proporcionar un pequeño bosquecillo de hayas y castaños. Algunas zarzas crecían exuberantes en los bordes, y como sentía hambre, paró para recoger en el zurrón una buena cantidad de frutos que decidió guardar hasta llegar a un riachuelo que recordaba haber cruzado en la subida y cuyo entorno recordaba como especialmente placentero.

Efectivamente, cuando algún tiempo después llegó allí, se descalzó, bañó sus pies bajo el chorro de agua y consumió con satisfacción las moras recogidas antes. Después prosiguió el camino y apretó el paso pues en su interior bullía un cierto anhelo por volver a encontrarse con sus compañeros.

Cuando el sol ya empezaba a declinar por el oeste, y la sombra de los picos, por esa parte más altos, se acercaba a las murallas del monasterio, Rimpoche traspasaba la puerta que daba entrada al patio central.

Poco tiempo después, tras una frugal colación, se encontraba tumbado en su camastro, mirando hacia el techo de su celda, y dispuesto a cerrar los párpados para dormir,... cuando de pronto, un inquietante pensamiento le sobrevino, quitándole de nuevo el sueño.

El buen monje se estaba preguntando: ¿habrá habido algún punto del camino, entre el monasterio y la ermita, en el que habré estado en ese mismo punto exactamente a la misma hora, el día en que subí y hoy cuando he bajado?. 

  -  ¿Es imposible que así sea?. 
  -  ¿Es posible pero muy improbable?. 
  -  ¿Es muy fácil que haya sido?. 
  -  ¿Es seguro que necesariamente ha tenido que haber un punto con esta condición?.

Apiadaros del monje y aclaradle sus dudas porque si no va a sobrevenirle de nuevo el estrés.








soluciones propuestas




En las circunstancias descritas (mismo camino, similar periodo de viaje, entre el amanecer y el ocaso) necesariamente ha de haber un punto que cumpla la condición. Si saliera un monje desde cada extremo del camino y lo recorrieran en un día (del amanecer al ocaso) necesariamente se cruzarían en un punto del camino.



  


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